sábado, 11 de enero de 2014

Ese rictus tan peculiar

Hay cosas que son útiles y sobre las que hay consenso acerca de su utilidad, la sonrisa por ejemplo. Un vendedor entra en algún sitio y sabe que lo mejor es hacerlo con una gran sonrisa, todos lo hacen, da igual si eres camarero, ejecutivo, secretaria, médico, guionista o jardinero. Todos procuran sonreir. Incluso políticos.


Ahora sabemos que detrás de una sonrisa puede ocultarse tu peor enemigo. O, dicho de otro modo, ya no confiamos en nadie, empezando por los que sonríen, pues sabemos que éstos intentan conseguir algo de ti. Sin embargo la televisión está llena de sonrisas y de dentaduras cada vez más perfectas. ¿Quieren que depositemos nuestra confianza en ellos? No. ¿Quieren hacernos creer que son buenas personas, incapaces de hacer daño a nadie? Tampoco. En realidad no quieren nada de nosotros. Sólo quieren enseñarnos sus dentaduras, sus sonrisas, sin pedirnos nada a cambio salvo nuestra admiración. Admiración. Quieren que los miremos, eso es todo. Sus dentaduras perfectas, sus cuerpos perfectos, sus modales perfectos. Cuando yo era pequeño no recuerdo que los niños llevaran alambres en la boca. Hoy están por todos lados, incluso sin ser niños. Lo inútil se impone no como calidad de vida sino como moda o distintivo de clase, y tanto la moda como los distintivos de clase necesitan admiración, pleitesía. Por supuesto, las modas tienen una esperanza de vida corta, un año, cuatro a lo sumo, y después pasan por todas las etapas de la degradación. El distintivo de clase, por el contrario, sólo se pudre cuando se pudre el cadáver que lo llevaba encima. Creo que empiezo a desvariar más de lo necesario, puntos suspensivos tocan...



ilustracion ese rictus tan peculiar



No supe ser tu mejor verdad